Reflexiones bajo tierra

london underground poster 1via Buzzfeed

Desde que llegué a Londres y hasta que empecé a tener mis días hasta arriba de cosas que hacer, iba muchos días a recoger a M. del metro cuando salía de trabajar. Mientras lo esperaba veía a cientos de personas salir de la estación y siempre pensaba que parecía que venían de la guerra. Sudorosos, con el cansancio a sus espaldas, ansiosos por respirar aire directamente de la atmósfera y con esa expresión en sus caras como de quien acaba de vivir una experiencia traumática. Junto a mí solía haber muchas otras personas esperando a sus significant others (me encanta el Inglés. Donde nosotros diríamos “churri”, ellos dicen “significant other”, ¿no es genial?). Y los reencuentros eran épicos. Si Doisneau los pillara… A mí me recordaba un poco al comienzo de Love Actually (así soy yo,veo amor a mi alrededor).

Poco tiempo después de estas reflexiones tan profundas, la vida me ha dado la oportunidad de formar parte de esa manada sudorosa. Y yo le agradezco el honor, de verdad que se lo agradezco porque gracias a eso he podido estudiar desde dentro a lo más underground (jojojo) de la sociedad londinense.

london underground poster 2via Buzzfeed

Aprendí la técnica de “empujar-subir-empujar un poco más” hace años, en mis mañanas de C2 para ir a la universidad. Para los que lo hayáis vivido: si pensabais que aquello era una jungla, fliparíais con esto. En algunos casos extremos la masa de gente no permite ni siquiera que llegues al andén. Tienes que dejar pasar unos tres o cuatro trenes antes de empezar a tener opciones de subir. En esta fase puedes comprobar que los británicos están algo más evolucionados que nosotros. Lo que en Madrid se hace a codazo limpio, en Londres se hace ordenadamente y siguiendo las directrices de una voz en off que no deja de repetir que dejes salir antes de entrar. En mi opinión se lo podrían ahorrar ya que la mayoría de las veces los vagones vomitan un puñado de personas al andén en cuanto que se abren las puertas, sin dar opción a más.

Una vez dentro se pueden observar diversos especímenes que en conjunto forman la fascinante fauna del metro de Londres:

“El catatónico”: mira al infinito sin inmutarse aunque tu cara esté a dos centímetros de la suya. Muchas veces he intentado ponerlos a prueba cruzando la mirada con ellos, pero no hay manera, esa gente no tiene alma ni tiene ná (bueno, probablemente lo que tengan es mucho sueño). Yo siempre que me encuentro con alguno pienso que tendría un gran futuro como beefeater en la torre de Londres.

“El narcoléptico”: tiene una habilidad especial para encontrar asiento un instante antes de entrar en fase REM. Estoy convencida de que si tardara un segundo más en sentarse, caería desplomado en el suelo. Permanece con los ojos cerrados hasta que como un resorte se levanta cuando se abren las puertas en su estación. Me encantaría tener su poder para sacarle partido a mis trayectos de esa manera.

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via The Guardian

“El suspicious“: su curiosidad y afán de chismorreo es tal que no duda en dirigir su mirada al límite de lo que sus globos oculares les permiten sólo para poder leer el periódico del vecino. ¿El resultado? Son la viva imagen del emoji con cara de sospecha.

“El cadáver”: en un primer momento es muy fácil confundirlo con un narcoléptico cualquiera, sobre todo si lo encuentras ya “descansando la vista” cuando subes al tren. Sabes que estás ante un auténtico cadáver cuando te pasas todo tu trayecto intentando averiguar si respira y planteándote si deberías pulsar el botón de emergencia.

“La no-he-salido-en-pijama-de-milagro”: entiendo (y siempre defenderé a ultranza) que cualquier minuto que se le pueda robar al despertador es bienvenido, pero las chicas de esta categoría lo llevan al extremo. Su filosofía es “todo lo que puedas hacer en el metro, hazlo en el metro”. Todo. Peinarse, maquillarse, desodorizarse, rizarse las pestañas, ponerse las medias (!?!)… Se reconocen fácilmente porque llevan unos bolsos del tamaño del baúl de la Piquer.

paddington gifvia Giphy

“La baby on board”: dado lo temerario de los viajes en metro, alguien ha decidido señalizar a las embarazadas con unas chapas enormes con dicho mensaje. Me imagino que para evitar provocar partos prematuros que causarían retrasos en los trenes (si un inglés queda atrapado en las puertas del tren, su preocupación es mayor por los retrasos que esto pueda provocar que por los miembros que pueda perder. Ellos son así). Lo bueno es que la chapa en cuestión cumple una doble función ayudando al resto de pasajeros a distinguir a las embarazadas de las que… retienen líquidos (pongámoslo así).

“El que huele a curry”: se trata de un personaje misterioso éste. Nadie lo ha identificado nunca, pero se sabe que siempre está ahí, impregnando con su aroma todos y cada uno de los trenes desde primera hora de la mañana.

“El que se merece una categoría aparte”: lo malo de clasificar a la gente en categorías es que siempre queda alguien que no encaja en ninguno de los grupos y manda toda la clasificación a tomar por saco. Bueno, pues en Londres de esos hay millones. Y los hay de todas clases y colores. El que va en falda, la que tiene tatuados hasta los párpados, el heavy que lee un libro de autoayuda, la ejecutiva con zapas de Nike que come sushi… Todos conviven en el mismo vagón. Bueno, más que convivir, coexisten. Porque ninguno de ellos parece ser consciente ni de la presencia ni de las rarezas de los demás. Porque cuando todo el mundo es raro, las rarezas dejan de ser importantes y pasan desapercibidas. Porque, como decía mi paisano, cá uno es cá uno y hay gente pa tó.

B.

P.D.: Lo mejor del metro de Londres es el personaje que NO hay: el pobre alma de cántaro con el radio cassette o, peor todavía, con su acordeón cantando (y ya es mucho decir) baladas de hace años. Nunca olvidaré al que se desgañitaba diciendo que quisiera vivir sin aire y yo sólo podía pensar “cómo quisiera que lo intentaras”.

P.D.2: ¿Os cuento un secreto? He ido escribiendo está entrada poquito a poco durante mis trayectos en metro, cuando había espacio de maniobra suficiente como para mover el pulgar y teclear en el móvil. Con una cadáver al lado, la que no salió en pijama de milagro llevando a cabo todo su despliegue delante de mí, un suspicious mirando por encima de mi hombro para ver qué escribía tanto en mi móvil… Espero que, aunque sólo sea por eso, la experiencia haya calado y haya conseguido trascender a vuestras pantallas. ¿No os llega el olorcillo a curry?

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